Lunes, cinco y media de la mañana. Suena la alarma.

Lunes, seis de la mañana. Suena la alarma otra vez. No, todavía no me he levantado. Suspiro y me levanto. Camino en modo zombie hasta el baño. Abro la llave de la ducha. ¡Oh, sorpresa! Hoy si hay agua.

A las siete y media ya hay café en mi cuerpo, desayuné y soy una persona medianamente decente. Voy tarde, así que ahora viene la pregunta importante: ¿Me llevo el carro o agarro metro?

Si me voy en metro debería estar en la oficina en menos de cuarenta y cinco minutos. Digo debería porque ahí no se cuenta ni la hora de retraso que ya debe tener, o los cuatro trenes que voy a tener que dejar pasar para que el resto de personas que esperan conmigo me monten en un vagón. Sí, me monten, porque cuando decides subirte al Metro de Caracas en hora pico no te montas. TE MONTAN.

caos plaza venezuela

Ok, ya estas adentro pero vas como sardina en lata. Súmale a eso la proliferación de vendedores y mendigos en los vagones, los conductores que pegan unos frenazos de padre y señor mío y el hecho de que en cada estación, milagrosamente, se bajan tres personas y ¡se montan seis! A-YU-DA

El gentío desbordado a la hora de hacer el trasbordo. ¿Cómo estará Plaza Venezuela? ¿También habrá retraso en esa línea? …Es lo más probable.  Montarse en otro tren en una estación tan céntrica como Plaza Venezuela es -básicamente- repetir el procedimiento anterior pero con diez veces más gente.

Meto la mano en la cartera, guardo el ticket del metro y saco las llaves del carro. En carro entonces, digo mientras busco los reportes del tráfico en el teléfono. Cola, trancas, motorizado caído en la autopista y más cola. Ya son un cuarto para las ocho y todavía no he salido.

Decir que las colas en Caracas son fastidiosas es ser generoso.

Ruedas diez metros, frenas. Dos carros más adelante, alguien compra café. Otro más toca corneta, el resto de los conductores se entusiasma y lo sigue. El chorizo de motorizados pasa sin cesar a ambos lados del carro; se llevan tu retrovisor por delante. Ruedas cinco metros más, frenas. Oyes las noticias.

Cuando los demás comienzan a rodar de nuevo, el conductor del camión que llevas delante decide que es el momento perfecto para comprar la prensa. Esta vez eres tu quien toca corneta pero no pasa nada. Intentas cambiarte de canal pero los motorizados se encargan de mantenerte en tu lugar. El locutor dice la hora y te das cuenta que llevas cuarenta y cinco minutos sin haberte movido mientras que en sentido contrario todo fluye maravillosamente. Habrá quien diga que no importa porque Caracas es hermosa, el Ávila es único y toda esa retahíla de pavosadas positivistas que dice la gente para convencerse de que todavía vale la pena seguir viviendo aquí. En hora pico, Caracas es más Cara-caos que nunca.

Me siento en el mueble y aprovecho que tengo el teléfono en la mano. Llamo a la oficina pero nadie contesta. Le escribo directamente al jefe: “Me estoy muriendo. Trabajo desde casa”.

Suelto el teléfono y voy a buscar otro café. Desde la ventana de la sala, el Ávila empieza a despejarse y se ve como bonito.

Abro la compu y digo “mañana será otro día”.