Hace unos días me encontré con una amiga que nunca había ido a La Estancia. No, no al restaurant de carne sino al centro de arte. ¡No lo podía creer! pero decidí tomar cartas en el asunto y le propuse que al día siguiente nos encontráramos en la estación Altamira a golpe de 2:30.

Apenas entramos, le mostré los jardines que están más cercanos a la entrada. A ella le asombró lo bien cuidados que están y como, conforme íbamos entrando, el ruido de la ciudad se apagaba.

pdvsa la estancia

Como se que ella anda full metida en la onda del yoga, le comenté que ahí mismo en los jardines hacen talleres gratuitos todas las semanas y siempre tienen actividades para todos los gustos.

Seguimos caminando. Bordeamos el centro de exposiciones y la fuente hasta que llegamos al jardín más grande del lugar. Allí nos sentamos bajo la sombra de un árbol que encontramos vacío a relajarnos un rato.

jardin pdvsa la estancia

Mientras pensaba a donde ir a merendar algo -porque en La Estancia está prohibidísimo comer. Incluso, una vez un guardia de seguridad me pidió que guardara unas galletas- mi amiga no paraba de comentar lo increíblemente limpio que estaba todo y que incluso estaba pensando venir y hacer unas fotos en los jardines.

Haciendo memoria, creo que lo único que no le gustó fue la excesiva presencia de propaganda política en las paredes. Estos jardines son tan bonitos, que esas cosas sobran sin importar del bando que vengan, le dije.

Después de un rato largo de conversa y echadera de chismes, nos sacudimos las hojas de grama y nos despedimos.

Ella agarró hacia la estación del metro mientras yo salía en búsqueda de un café.